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La alegría de ser cristiano

20,00  16,00 

AUTOR: Miguel Suárez Fernández
Nº. Páginas: 220
ISBN: 978-84-938343-3-3

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En 1549 llega al Japón San Francisco Javier, se bautizan muchos japoneses, extendiéndose la Iglesia por todas las islas. En 1614, al comenzar la persecución, son expulsados todos los sacerdotes; éstos les dejan a los cristianos tres señales para que, en su día, puedan reconocer a los verdaderos misioneros católicos cuando vuelvan: a diferencia de otros, los sacerdotes serán célibes, obedecen al Papa y veneran a la Virgen María.Dos siglos y medio más tarde, en 1865, llega a Nagasaki el Padre Petitjean, perteneciente a las Misiones Extranjeras de París. Trae consigo esta imagen de la Virgen y construye la iglesita de Oura.

En su corazón se hace esta pregunta: «Quedarán aún cristianos de los tiempos de S. Francisco Javier?». Parecía imposible.Pero una tarde, mientras el Padre se encontraba a la puerta de la iglesia, se le acerca un grupo de japoneses y le dice: «Por favor, ¿nos puede presentar a su esposa?». El Padre contesta: «Yo no tengo esposa, yo soy sacerdote». Segunda pregunta: «¿Vd. obedece al Papa de Roma?». Sorprendido les responde: «Por supuesto: yo soy católico». Tercera cuestión: «Queremos ver a Santa María». El Padre los lleva delante de esta estatua de la Virgen. Ellos se arrodillan y exclaman: «¡Sí, es Santa María! Lleva en sus brazos a Jesús».Después, volviéndose al Padre, le dicen: «Nosotros tenemos tu mismo corazón. Hay otros muchos cristianos ocultos como nosotros».Estos eran los descendientes de aquellos antiguos cristianos que, durante doscientos cincuenta años, se habían quedado sin sacerdotes, sin una traducción completa de la Biblia, sin sacramentos (excepto el bautismo que se trasmitieron de padres a hijos). Los mártires se cuentan por miles. Habían transmitido la fe a sus hijos de generación en generación en medio de terribles sufrimientos.Esta imagen de la Virgen María, tesoro nacional del Japón, se encuentra en Nagasaki y tiene una historia bellísima.En 1549 llega al Japón San Francisco Javier, se bautizan muchos japoneses, extendiéndose la Iglesia por todas las islas. En 1614, al comenzar la persecución, son expulsados todos los sacerdotes; éstos les dejan a los cristianos tres señales para que, en su día, puedan reconocer a los verdaderos misioneros católicos cuando vuelvan: a diferencia de otros, los sacerdotes serán célibes, obedecen al Papa y veneran a la Virgen María.Dos siglos y medio más tarde, en 1865, llega a Nagasaki el Padre Petitjean, perteneciente a las Misiones Extranjeras de París. Trae consigo esta imagen de la Virgen y construye la iglesita de Oura. En su corazón se hace esta pregunta: «Quedarán aún cristianos de los tiempos de S. Francisco Javier?». Parecía imposible.Pero una tarde, mientras el Padre se encontraba a la puerta de la iglesia, se le acerca un grupo de japoneses y le dice: «Por favor, ¿nos puede presentar a su esposa?». El Padre contesta: «Yo no tengo esposa, yo soy sacerdote». Segun- da pregunta: «¿Vd. obedece al Papa de Roma?». Sorprendido les responde: «Por supuesto: yo soy católico». Tercera cuestión: «Queremos ver a Santa María». El Padre los lleva delante de esta estatua de la Virgen. Ellos se arrodillan y exclaman: «¡Sí, es Santa María! Lleva en sus brazos a Jesús».  Después, volviéndose al Padre, le dicen: «Nosotros tenemos tu mismo corazón. Hay otros muchos cristianos ocultos como nosotros». Estos eran los descendientes de aquellos antiguos cristianos que, durante doscientos cincuenta años, se habían quedado sin sacerdotes, sin una traducción completa de la Biblia, sin sacramentos (excepto el bautismo que se trasmitieron de padres a hijos). Los mártires se cuentan por miles. Habían transmitido la fe a sus hijos de generación en generación en medio de terribles sufrimientos.

Sobre el autor:

Miguel Suárez nace en Granada en el año 1933. Al cumplir 17 años, ingresa en la Companía de Jesús, que ocho años más tarde lo envía al Japón, donde llega en 1958. Recibe la ordenación presbiteral en la Catedral de Tokyo de manos del Cardenal Pedro Doi el 19 de marzo de 1965.

Vuelto a España, completa en el año 1968 sus estudios de Sagrada Teología en el Instituto de Pastoral de la Universidad Pontificia de Salamanca. Dos años después tiene lugar su encuentro con los iniciadores del Camino Neocatecumenal en la Parroquia de la Paloma de Madrid.

Dirigido por el profesor Casiano Floristán realiza y obtiene en 1971 el Doctorado en Eclesiología por la misma Universidad Pontificia salmantina.

Regresa al Japón y, durante el período de 1972 a 1990, forma parte como presbítero de un equipo de catequistas Itinerantes de adultos, fundando numerosas comunidades de iniciación cristiana en diversas diócesis japonesas.

Es nombrado Rector del Seminario «Redemptoris Mater» de Takamatsu, cargo que desempeña durante una larga década, desde 1990 a 2002. Posteriormente sigue desarrollando su labor pastoral en Nagasaki, de 2004 a 2008. En ese último año el Cardenal de la Archidiócesis de Madrid lo acoge como sacerdote de su Diócesis.

Siempre fiel a su vocación misionera, se halla actualmente en Roma como Padre Espiritual del Seminario «Redemptoris Mater» para el Japón con sede en la ciudad eterna.

Peso 0.43 kg

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